Tras la pista de cazadores furtivos en Zimbabue

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Se mueve mucho dinero en el comercio ilegal de marfil – un negocio a menudo sangriento. DW ha acompañado a una unidad de lucha contra la caza furtiva en Zimbabue para conocer de cerca cómo trabajan y salvan elefantes.
Un grupo de hombres vestidos de verde militar corre por la orilla del lago Kariba, a lo largo de la frontera entre Zambia y Zimbabue. Los primeros rayos de sol atraviesan las densas nubes de la mañana, mientras su grito de guerra es el único sonido que rompe el silencio del amanecer.
Los hombres –todos miembros de la Unidad Bumi Hills contra la caza furtiva– entrenan para otro día de guardia contra los cazadores furtivos de vida silvestre en la región de Sebungwe, en Zimbabue, a unos 400 kilómetros al noroeste de la capital, Harare.
"Los ejercicios inculcan disciplina, respeto y trabajo en equipo”, cuenta Nicholas Milne, de 34 años, cuando los guardabosques se preparan para el despliegue. "También los mantiene en la mejor condición física”, añade Milne, que es fundador y gerente de la Fundación sin ánimo de lucro Bumi Hills. La fundación opera una unidad de lucha contra la caza furtiva desde 2009.
Estas son habilidades vitales para proteger a los elefantes de la zona, que son objeto de la caza furtiva por su preciado marfil. Las encuestas aéreas realizadas entre 2007 y 2014 en África subsahariana, como parte de un gran censo de elefantes, revelaron que la región de Sebungwe ha sufrido algunas de las mayores disminuciones de elefantes en el continente: los números cayeron un 74 por ciento.
Milne, en realidad un jovial y rápido orador, se pone serio cuando habla sobre sus queridos elefantes. "Si se permite que continúe esta masacre al por mayor, podría dar lugar a la aniquilación de la población entera en los próximos 10 años”, afirma. Precisamente ahí es donde entra en juego la unidad de lucha contra la caza furtiva.

Tradición y tecnología
A primera hora de la mañana, la unidad se pone en marcha para encontrar rastros de cazadores furtivos. Los guardabosques son reclutados localmente y en todo Zimbabue. Por razones de seguridad, la organización no quiere revelar información más detallada.
Es un trabajo peligroso. Los cazadores furtivos tienen armas, así que la unidad también está armada. Sin embargo, los guardabosques –como el exoficial de policía Lewis (cuyo nombre hemos cambiado para proteger su identidad)– dicen que quieren preservar la vida silvestre del país para las generaciones futuras.
"Si tenemos recursos suficientes y fuerza de voluntad, podemos ganar la guerra contra los cazadores furtivos”, afirma Lewis. "Es una guerra porque nuestra vida corre peligro, pero ¿quién lo hará por nosotros si nos sentamos y nos cruzamos de brazos?”, se pregunta.
Encontrar a los cazadores furtivos no es tarea fácil. El área que deben supervisar los guardabosques es enorme. Además, los cazadores furtivos actúan principalmente de noche. De tal modo que si oyen disparos pueden refugiarse en la oscuridad.
"Si no los encontramos, las bandas de furtivos permanecerán durante mucho tiempo en la zona y dispararán más animales hasta que no sean capaces de transportar físicamente más marfil. Luego salen de la zona hasta el punto designado con el intermediario o comerciante”, explica Milne.
En todo caso, en su área de patrullaje, los guardabosques trabajan con mucho éxito. A través del uso del análisis avanzado de datos en tiempo real y acceso a información previamente recopilada, combinado con el conocimiento tradicional, ha disminuido a cero la tasa de cacería de elefantes en los últimos dos años. Anteriormente, tres elefantes al día eran disparados en el área de patrullaje, que abarca 150 kilómetros cuadrados (58 millas cuadradas).

Falsa alarma
Durante nuestra conversación, Milne agarra de repente su aparato de radio. "Hay un hombre al oeste de…”, dice y comienza un detallado y técnico intercambio. Ha descubierto a un presunto cazador furtivo en la orilla del lago, a unos 500 metros de distancia. Los guardabosques se mantienen en contacto por radio, hasta que Milne les muestra el camino hasta el merodeador.
En cuestión de minutos, sonríe. La unidad ha interceptado al sospechoso. Se trata solo de un pescador local, que se había instalado en el sitio equivocado. Hay zonas de pesca designadas a lo largo del lago para la población local de Batonga, lejos de las principales áreas protegidas.
Los guardabosques recogen y anotan los datos del pescador con un software especializado. Después de una advertencia, le hacen señales para que siga adelante.

Crimen organizado
Las personas, que son atrapadas actuando de forma furtiva, o en posesión de marfil, se enfrentan a una pena de prisión obligatoria de nueve años. Pero eso tampoco les detiene. El comercio del marfil es un negocio muy lucrativo, con una red bien organizada, a nivel mundial.
Los "cazadores furtivos son "reclutados” por mediadores, normalmente de áreas más lejanas, que les proporcionan armas, municiones y dinero a cambio de marfil u otros productos de vida silvestre”, explica Milne.
Los compradores, al final de la cadena, pagan de 940 a 1.900 euros (de 1.000 a 2.100 dólares) por kilogramo (2,2 libras) de marfil. El cazador furtivo, al inicio de la misma, recibe entre 140 y 187 euros (de 150 a 200 dólares) por kilogramo (2,2 libras), una pequeña fortuna para quienes viven en extrema pobreza, según han identificado los ecologistas a través de encuestas de población.
Es por eso que, según Milne, su fundación está trabajando con los lugareños en busca de fuentes alternativas de ingresos. Asimismo, intentan fomentar una concienciación contra la caza furtiva con programas de desarrollo comunitario.

En solitario
Oppah Muchinguri, ministra de Medio Ambiente de Zimbabue responsable del bienestar de los animales salvajes, afirma estar al tanto del problema de la caza furtiva en la región de Sebungwe. Ella lo atribuye a una frontera porosa con Zambia, al otro lado del lago Kariba, desde donde sale el marfil fuera del país para dirigirse a los comerciantes y finalmente compradores, en países como China.
"No podemos cambiarlo”, dice Muchinguri a DW. "Pero estamos introduciendo drones para asegurar que haya más controles a lo largo del río”, explica, refiriéndose al río Zambeze, que desemboca en el lago Kariba. "Incluso tenemos que introducir nuevos barcos y tecnología para asegurarnos de estar al día con los cazadores furtivos”, añade.
Hasta el momento, sin embargo, no hay embarcaciones o drones del gobierno vigilando el lago Kariba, dejando la vida silvestre a merced de los cazadores furtivos y de los guardabosques de la Unidad Bumi Hills que defienden en solitario a los elefantes.
"Hay momentos en que nos preguntamos si todo esto merece la pena”, confiesa Milne mientras vigila la costa y el lago a lo lejos. "Pero si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará? Seguimos siendo optimistas, como la mayoría de los zimbabuenses, y creemos que un día nuestros esfuerzos marcarán la diferencia, así que solo tenemos que ser perseverantes”, concluye.

 

 

Columbus Mahvunga
DW

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